Born to Run

Termino de leer febril B o r n T o R u n en la puerta de casa y hay algo mágico en el aire. La hora es perfecta: ese no muy largo intervalo en que el sol es un disco de oro que se derrite continuamente en el aire ya algo frío. No hace falta decir que al final calzo las zapatillas minimalistas y salgo a correr con una extraña sensación en el corazón. Los tres primeros kilómetros son, como siempre, difíciles, pero llegado ese punto en que normalmente decidiría regresarme decido esta vez continuar. Me salgo de la carretera y me interno en el bosque. El camino es irregular y siento a cada paso que las vibraciones me van cargando de energía, así, gratuitamente; aunque quizás es sólo que al tener que concentrarme en los caprichos del terreno me olvido un poco de mí mismo. Un ciervo joven con astas incipientes aparece súbitamente para perderse enseguida a saltos vivaces entre los árboles. Luego me detengo un momento a contemplar el disco dorado del sol que se deja ver entre el recién estrenado follaje. Respiro a profundidad el aire fresco y húmedo del bosque. Me siento extrañamente libre, concreto, ligero y a la vez terriblemente terrenal. El libro me ha embrujado, pienso, pero en lugar de preguntarme por los efectos secundarios o el antídoto disfruto a dos manos el instante.