A uno le enseñan a tirar siempre “pa’lante”. Uno es “un hombre coño”. Y sin embargo, Aquiles era también un hombre. Pero claro, ni esto es la Grecia homérica ni yo soy hijo de una diosa. “Dale más duro, no llores, cuidaíto, que yo no me entere.” Nadie habla mi idioma. Ni siquiera yo mismo estoy seguro de hablarlo. Esto debe ser una broma siniestra, una pesadilla. Golpe tras golpe se va formando esta máscara, fea como un queloide, esta armadura. Camino por la despiadada ciudad de provincia añorando invisibilidad. La logro casi siempre, al precio de un pálpito perenne. La paz es difícil incluso en casa. Cuando estoy solo cierro todas las ventanas. “Pero ya te estás encerrando otra vez, abre las ventanas que uno se ahoga aquí” es el saludo. Nadie me cree que se está más fresco, aunque yo igual las cerraría tuviesen ellos razón. “Otra vez con esa mierda de música clásica, apaga eso” vuelven a la carga. Es un lenguaje de odio. Uno termina por aprenderlo. La tragedia es sin embargo que uno aprende tanto como para ser también condenado pero no lo suficiente como para estar a salvo entre ellos. Uno lee, lee mucho. La esperanza es leer que el mundo fue y puede ser diferente. Uno se va volviendo también más independiente, no mucho pero algo. Y sin embargo, en la misma capital, “mueve ese culo flaco” grita un chofer que no quiere esperar el tiempo que le toca cuando cruzo la calle. Para cuando uno entiende de qué se trata ya el carro va muy lejos. Por suerte. Porque qué responder a eso. Porque no es el miedo sino cuáles palabras. Qué hubiera sido de mí si… No quiero pensarlo. “Ay mijito, te extraño.”